El huemul y la gran nadada

Tengo las antiparras incorporadas al equipo de playa para nadar un poquito cada vez que voy al mar, uno de los lujos italianos de esta vida nómade. Busqué vagamente un grupo de nado en aguas abiertas pero no encontré nada. Llegó el invierno y me olvidé del tema. Tampoco fui a una pileta, la quedé en las travesías en bici y el crossfit de camarera. Cuando volví al verano isleño, Mili había inventado las clases de natación en el río. Algo hice bien en la vida para tener las mejores amigas. 

Meterme al río me encanta, y nadar también, pero tengo miedo a los cocodrilos. En aguas desconocidas nado rápido y me agito. Así que mi objetivo de practicar nado en el río era aprender a nadar calma. Atención con “el recobro”, decía Ceci. Yo me concentraba en arrastrar la muñeca quebrada por la superficie del Sarmiento y me olvidaba de todo. Trataba de nadar lento y constante todas las semanas. Poníamos un andarivel de flota flota, nadábamos una hora y después tomábamos mate con panquequitos de banana: las mejores vacaciones del mundo. 

Temblamos de frío los días de mal tiempo y tocamos el lecho de la costa los días de bajante. Pero los días de agua alta, cuando el sol entra al río y lo pone dorado, nadar en el canal de la Raquel fue el lujo máximo. El cuerpo en movimiento y seguro adentro del agua, en ese paisaje de la isla que te parte la cabeza. Placer total. Es el clímax de ocupar con el cuerpo este territorio infinito del delta donde mi vida se realiza hace tanto tiempo. Una tarde de marea, en la segunda sesión del día, ya no quería meter la cabeza abajo del agua porque me parecía absurdo dejar de mirar la peli-paisaje del afuera. Los colores, los reflejos, los árboles, la levedad de verano por arriba y por abajo de mí. Así nació el pecho contemplativo: pecho cabeza afuera que permite gozar la maravilla no solo con el cuerpo sino también con los ojos. 

Un mediodía después de nadar, empezaron las ideas: “Vamos al Capitán”, “Vamos al Rama Negra”, “pidamos permiso a la muni”, “quiero que corten el río para nosotros”. Todos queríamos ir a nadar a un lugar más grande y más lindo. El tema era cómo hacerlo. Soltarnos así nomás a nadar me parecía muy peligroso e irresponsable. Me daba miedo que el hermoso grupito de natación quedara reducido a los que se tiraron a nadar en un lugar donde no debían. Mi único referente del nado en aguas abiertas hasta ese momento, Flor, me pasó data estricta: necesitábamos guardavidas dentro y fuera del agua y seguro de vida. Cecí empezó las averiguaciones con la prefectura. Nos pedían un listado de las personas que participarían, así que hicimos una convocatoria para saber si alguien más vendría a un evento de nado en aguas abiertas autogestionado por un grupo de vecinos. En menos de una semana había ochenta personas anotadas. Ochenta personas dispuestas a nadar. Ochenta personas que se iban a tirar juntas a nadar en el río. Me daba terror. Automáticamente me puse en campaña con el seguro. 

A los pocos días no eran ochenta, eran ciento veinte personas anotadas.

Estábamos a cargo de que más de cien personas llegaran a la isla y se metieran al río a nadar. Por suerte, éramos un grupo. Había que comunicarse y coordinar a toda esa gente. Había que resolver cómo llegaban, cuál sería el punto de encuentro, hacia qué lado nadar, cómo entrar y salir del agua, dónde dejar cien pares de zapatos, pagar el seguro, conseguir guardavidas y botes de apoyo. 

Todo se iba armando de a poco, mientras yo lloraba de miedo en paraje Entre Ríos. A la distancia, era la encargada del seguro de vida de las personas y mi única obsesión era que nadie muriera y, si alguien se iba a morir, que esa persona estuviera asegurada. Lamento la frialdad, pero eso pensaba yo. Nombres, apellidos y cuits, chequeados uno por uno hasta que todos estuvieran incluidos en la póliza del seguro: los nadadores, los acompañantes, los guardavidas y los conductores de los botes de apoyo.

Por fuera de la nube oscura donde yo solo pensaba en la muerte, todo se encaminaba y se daban casualidades poéticas: la Prefectura nos dió el ok, una vecina ofreció feliz su recreo con playa sobre el río Capitán que resolvío la logística de salida y llegada; nos enteramos de que ese mismo día, el 14 de marzo, era el aniversario de una travesía de aguas abiertas hecha por una mujer isleña hace no sé cuántos años y, además, era el día internacional por la protección de los ríos. Estábamos haciendo algo hermoso e importante. 

Ese sábado estaba anunciada lluvia en Lago Puelo. Azul me invitó a caminar a la montaña con Juli. A las siete de la mañana estábamos cruzando la pasarela del río también Azul. A las once comimos sanguchitos abajo del portal del Motoco y, cuando juntábamos las cosas, vi algo en el horizonte del bosque. En el medio del río, entre las piedras, había un huemul. O un ciervo rojo, no sabemos. Estaba quieto y miraba para acá. Cuando nos vio, se fue tranquilo para la costa y cuando retomamos el sendero para volver, apareció caminando adelante de nosotras. Nos agarramos las tres de las manos y nos quedamos congeladas mirándolo. 

Las chicas viven acá hace diez años y nunca habían visto un ciervo antes. Cuando volvimos al auto, googleamos, y este encuentro significaba entre otras cosas “la llegada ilesa de las personas”.

Volví a la casa de mamá y dormí una siesta mientras afuera no paraba de llover. Cuando me desperté, llamé a Luce, que me atendió con su sonrisa gigante desde la playita de La Capitana. Una persona había recibido una brazada en la cara durante la entrada en calor. Solo eso. Todos habían llegado bien. Todos ilesos. Y habíamos hecho la gran nadada.



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