Horocruxes y reliquias de la muerte

Cuando terminé de leer el libro del orden de MariKondo, estaba sentada en el comedor de avenida de la Ribera. Cerré el libro y fue impresionante sentir que desde el punto donde yo estaba sentada en la planta baja salían hilos hacia toda la casa. Los hilos me conectaban con cada objeto de la casa con el que tenía una deuda. Lanas para hacer sombreros, papeles para hacer collage, texturas para la arcilla, macetas para reciclar, plantas para trasplantar, envases de tetrapack para hacer un techo vivo en la terraza. Miles de objetos y materiales por las dudas. Deudas. No era un sentimiento lindo; era pesado. Cosas acumuladas me decían que "tenía" que hacer algo con ellas. 

Años después vacié por completo esa casa familiar de más de 20 años de historia y confort. Una casa llena de cosas. Y la vacié con eficiencia absoluta: cada objeto y material tuvo un destino adecuado. Los objetos que representaban la intimidad de mi familia los dividí religiosamente en dos. Mitad para mi, mitad para mi hermana Lucero: las cucharas de madera mitad y mitad, el tupper azul de la yerba (incluyendo la cuchara naranja) para una, el del azúcar para la otra y así. Yo me quedé con la juguerita amarilla del supermercado Norte de Perón y Ayacucho y ella con la fuente de la carne al horno con papas de mamá. 

Inesperadamente llegó el momento en el que yo tuve que vaciar mi propia mansión con dos baños, tres perros, gallinas y tranquera. Una casa en el pico de su belleza y confort, funcional y delicada. Una casa llena de cosas. Algunos objetos raros pero indudablemente útiles como contenedores de zinc, bidones de 100 litros o canastos de mimbre, claves en la escenografía de mi estilo de vida agreste, encontraron compradores junto con motosierras y sillas de escritorio. Para el chiquitaje inclasificable hice un bingo. Los premios eran tesoros invaluables que solo se construyen con el tiempo y el sentido como una calabacita de mate llena de encendedores que no andaban.

En ese revoleo, mi mitad de las reliquias familiares se reencontró con la otra mitad en la casa de Luce y ella, tomando mate frente a los tuppers (el de la yerba y el del azúcar) nuevamente juntos en una esquina de su mesada, tuvo miedo de que la cocina de nuestra casa de la infancia se materializara frente a sus ojos. 

Me fui de Tigre a Berlín con una valija chica. No llevé el paraguas rosa. Una amiga me llevó la juguerita amarilla desde Argentina. Como ya no tenía mi casa de ocho años, dos baños y gallinas, mi casa era cada instante y podía tener sábanas propias. Me compré una bici con dinamo, lámparas, almohadones y cuchillos buenos. Encontré un rallador de acero inoxidable en el pasillo. Para cuando me mudé a Italia tenía un montón de cosas que quería mucho y quería conservar. La bici, que era pesadísima pero yo la amaba, la vendí. Los almohadones gigantes y lámparas viajaron en encomienda y yo fui en avión con un ramo de flores de origami que me hicieron mis amigos. 

Cuando me separé y me fui de la casa que acababa de adoptar en Bologna, ví en cada rincon de la casa los intentos, los planes. La casa estaba llena de ganas. Como los pelos humanos que las ratoneritas usan para hacer su nido, yo había recolectado y acomodado cada cosa en ese bilocale piano terra. Había conquistado la casa con muebles heredados, sillas encontradas en la calle, tesoros de cocina preciosos de la feria del usado de Luccio Dalla. Un espejo bizarro con silueta de una mujer que había encontrado en la cantina, un mapa, una carta de póker encontrada en la calle, un póster de HKW, el ramo de flores de papel.

Los dones de la muerte dan poder al dueño, potencian su accionar, el propietario tiene que poseerlos y cuidarlos, no debería perderlos. En cambio, los horocruxes son objetos comunes a los que con magia se les atribuyó un valor inconmensurable para una persona. Su vida depende de estos objetos que además tienen adentro pedazos del alma que se va partiendo. Más tenés, más débil sos. En ambos casos la relación con los objetos es desmedida. Un objeto relativamente común al que se le otorga un superpower. Nosotros hacemos eso con nuestros objetos todo el tiempo. Le damos ese superpower. Y les damos una parte de nuestra alma para que ellos nos representen. 

Un guía de montaña me contó que usando bastones noseque porcentaje del peso se reparte con los brazos y caminar es más liviano. Encontré un palo en el sendero y sentí la emocíon humana de usar una herramienta. Es mutuo. Le damos una función y ella devuelve. Le pedimos algo y lo cumple. Nos ayudan a vivir en el mundo. Pero, ¿qué es primero?¿quíen le da vida a quíen? o ¿a qué?

Hacer valijas y desarmar casas es un ejercicio exhaustivo. Con cada ítem vuelve la duda ¿para qué lo tengo?¿qué tan útil es?¿cuánta felicidad me da?¿volveré a encontrarlo o conseguirlo si lo necesito? Me estudio y me encuentro conmigo misma en la curaduría de cada mudanza. La valija abierta desplegada en el cuarto es un álbum de fotos tridimensional que cuenta mi vida más íntima y cada repasador de algodón estampado o un destapador robado de un bar es un espejo de algo que fui, que soy o que quiero ser, no sé. Extraño mis almohadones y mis lámparas alemanas. 

También extraño la calabacita de mate llena de encendores que no andaban. Las semillas eran uruguayas, las calabazas tardaron dos años en secarse. Les había hecho un agujero para meter los encendedores y atado una soguita para colgarlo del mueble de la cocina al lado del arroyo Sarandí. 




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